lunes, 23 de julio de 2012

Los tres días que dormí en trenes kazakhstaníes

Creo, y espero estar en lo cierto, que he pasado los tres días más difíciles de mi viaje. Estos tres días he dormido en trenes kazakhstaníes, entre kazakhstaníes. Además de eso, si cuento el tren desde Volgogrado a Astrakhán, he dormido cuatro noches en trenes, en cinco días. No he visto un sólo turista desde que he entrado a este nuevo país, no he tenido prácticamente a nadie que me explicara lo que pasaba, y las cosas que pasaban no eran del todo normales, y eran a veces difíciles. No está tampoco mi padre u otro compañero de viaje, para compartir las dificultades. Pero empecemos por donde me quedé.
Hace unos días, dejamos la fabulosa casita de Olya, para viajar más al sur, hacia Astrakhán. Yo empecé a darme cuenta poco a poco, que iba a ser bastante imposible, a partir de ahí, encontrar gente que hablase inglés o alguna otra lengua que yo conozca, así que iba a ser difícil que yo entendiera las cosas. Me gustan sin embargo, los rusos del sur; creo que son más cálidos que en el norte. Son mucho más agradables y risueños. Son más pícaros también, aunque no llegan al nivel mediterráneo. Son realmente muy serviciales.
Al llegar a Astrakhan, mi padre y yo tratamos de conseguir (sin éxito) un coche de alquiler para ir a ver el delta del Volga, e incluso un policía, bajo una calor terrible, se paseó durante media hora buscando autobuses que nos llevaran. Dudo que alguna vez entendieran que queríamos un coche. Yo estaba impresionado, porque es de todos sabido que la policía rusa es muy corrupta, y está más ahí para extorsionar al personal, que para ayudar. Impresionado e incómodo, en verdad, y como expectante del momento en que todo girara con el policía, pero no giró, afortunadamente, y al final, desanimados, decidimos ver un poco la ciudad y ovidarnos del Volga. Nunca he visto el mar Caspio, y eso que ya he estado en dos países que tocan sus aguas, pero no era nada fácil.
Astrakhán tampoco es una ciudad muy interesante, pero tiene algunas cositas bonitas que ver, como el Kremlin. También, no lo he dicho, pero descubrí en Volgogrado una bebida refrescante que se hace aquí a base de cebada, que aunque no es cerveza ni tiene alcohol, viene genial para el insufrible calor de estos días. Mi momento en Rusia tenía entonces sus días contados, o quizás sus horas y me preparaba para tomar un tren nocturno para ir a Shymkent, en Kazahstán, lo que suponen unos dos mil quinientos kilómetros más o menos; algo así como el equivalente del trayecto de València a Berlín non-stop. Comimos en un buen restaurante ruso, al lado del hotel, mi padre me ofreció comprarme un pantalón, porque la verdad que doy un poco de pena con la ropa que llevo, y fui a coger mi tren.
Como ya he dicho, dos días antes había tomado un tren para ir desde Volgogrado hacia Astrakhán, y debo decir también, que aunque el nuevo tren parecía más viejo, me parecía también mucho más agradable que el otro. En el primero dormimos en un vagón con literas por todas partes, pero sin compartimentos, así que oía roncar a todo el vagón, moverse, llorar a los niños, y encima no había ventanas. En este segundo tenía lo que ellos llaman “kupé” y que son como compartimentos donde como máximo duermen cuatro personas y donde normalmente van dos, porque no se suelen comprar las literas de arriba. Es lo que me sucedió. Iba yo y un ruso llamado Oleg. Agradable, pero con quien no compartí nada, excepto mi corte de mangas al policía de frontera Kazahstaní, cuando ya no me miraba.

Pasar fronteras impone respeto, mucho, nunca me he acostumbrado, aunque es también una de las cosas más excitantes del mundo. El problema es que todo puede pasar. Que una letra no corresponda entre la visa y el pasaporte, que al policía de frontera se le crucen los cables, que tengan ganas de molestarte porque sí, que el policía de turno haya decidido que quiere algo de dinero y tú eres un buen plato para conseguirlo, etc. Pueden retenerte en frontera, o amenazarte con hacerlo para que pagues, pueden pedirte un poco de dinero por alguna cosita. Son situaciones muy incómodas. Sin embargo, pese a todo, yo tengo el respaldo de las embajadas europeas detrás, lo que constituye todo un peso para ellos y en las situaciones bien manejadas, nos dejaran casi el total de las veces en paz, aunque como digo, todo pueda pasar. La policía Kazahstaní cuenta con la reputación de ser una de las más corruptas del mundo, aunque la corrupción sea a pequeña escala. Es decir; extorsionan un poco al personal para ganar para ellos un poco más de dinero. Sin embargo, es bastante molesto y cada vez que veo un policía, para que no me moleste, me cambio de acera. Todavía no me ha pasado nada, y es muy difícil que me pase, pero mejor no forzar las situaciones comprometidas y huir un poco de ellas.
En cuanto crucé la frontera entre Rusia y Kazahstán, el paisaje cambió mucho. Pasé de un bosque bastante arbolado, a una sabana, que casi me perseguiría durante todo el trayecto Kazahstaní. El paisaje es bastante monótono, con a veces pequeñitos laguitos y alguna montaña. Unas horas sobran para hacerse una idea de qué se verá durante todo el recorrido, siendo las puestas de sol, el único momento verdaderamente interesante.
Una cuestión que impresiona sin embargo muy pronto, es que desde que cruzamos la frontera dirección Atyrau, vemos ya el primer pozo de petróleo, y vemos la cantidad y cantidad de trenes que transportan miles y miles de vagones de petróleo. En efecto, luego me enteré de que Kazahstán es un país muy rico en crudo. Ya lo sabía, pero aquí se hace evidente. De entre las pocas personas que encontré que hablaran inglés, tuve la suerte de encontrar a Igor (creo que me dijo que se llama así) y su compañero de trabajo, que venían justamente de su trabajo como seguridad en centrales de petróleo. Trabajan un mes y descansan otro y además es un trabajo bien pagado en Kazahstan. Me dijeron que hay más de cien pozos de petróleo repartidos por toda su geografía, sobretodo al oeste. Además es un país riquísimo en recursos mineros. Hay aquí, desde uranio, hasta acero y otros materiales muy muy valiosos. Podría ser un país riquísimo, con un PIB mucho más alto que el de muchos países europeos. Sin embargo, la riqueza de la gente no se corresponde con todos esos grandes recursos, y aunque las casas no son extremadamente pobres, no están al nivel de la riqueza del país. Igor me ayudó muchísimo, lo encontré en mi segunda noche en trenes y hablaba un inglés decente, comprensible, así que fue la oportunidad de que me contara muchas cosas. Ha sido la primera persona que me habló muy claramente a favor de la URSS. Él me decía que antes había seguridad social, que había estudios gratuitos hasta la universidad, asistencia sanitaria, el intento por cultivar a la población, y que con el fin del comunismo, todo esto cayó, y dejó al país en la gran miseria de un charco de oro, porque como digo, es riquísimo. Me dijo una frase que me hizo temblar cuando la oí. Me dijo que “mi padre siempre dice que antes, con la URSS él tenía la seguridad de que mañana sería un buen día”. Ahora, todos los recursos del país se van para manos extranjeras, con los políticos cómplices también, que lo permiten, y el presidente es una de las personas más ricas del mundo, con el beneplácito de la población, que no lo impide lo suficiente. Si algo bueno tiene europa, y es lo que más amo de este continente, que es ya, en gran medida, una entidad cultural, es que pasó por nuestro mundo el siglo de las luces, la ilustración, y aprendimos que para ganar nuestros derechos, tenemos que dejarnos la vida si inclusive se requiere. Deberíamos reivindicar este rasgo como característico de nuestra cultura, la crítica y la razón, pero debería de expandirse por toda la humanidad, como el gen más importante que debería habitar en el humano. En Asia, la cuestión no funciona tanto así y la relación del gobierno con sus súbditos, es más bien de tipo paternalista. De tipo, el gobierno es como el padre, que jamás se equivoca, y aunque se equivoque, tiene derecho a castigarnos y a no ser contradecido. Por un mundo mejor ¡entendamos al fin, que eso que llaman gobierno, es nuestro, completamente nuestro, totalmente nuestro y de nadie más, y que debe estar ahí para administrar para su pueblo, y que conspirar contra el pueblo es el mayor de los crímenes, y que la rebelión debería obligatoria para el ciudadano cuando el padre no se comporta bien! En fin, sigo.
También fue la oportunidad de un primer contacto con Kazahstaníes, que tienen un deporte nacional bastante particular, que es el de meter miedo a los extranjeros. Ellos son habitualmente buenísimas personas, pero siempre te dicen, “ten cuidado cuando llegues ahí, cuidado en la noche, a los kazahstaníes les gusta pegarse, la policía te va a robar”, y si además les dices que vas al sur, entonces la situación ya es escandalosa, del plan de “bueno, vas al infierno” ¡Todo exageración! Cada cual que me lo dice, luego me invita a comer, me paga un agua, me sonrie, cuida mis cosas para que nadie me las robe, como si fueran suyas ¡Qué mala gente son los Kazahstanies!
Tomé entonces el tren entre Astrakhán y Atyrau, lo tomaba a las 14:30 el día dieciocho y llegaba al día siguiente a eso de las 4:15, pero debemos de contar además con que a la llegada había que quitar una hora al reloj, porque iba en dirección este y el sol llega antes a esas latitudes, así que hay otro uso horario. Algo muy curioso es que la revisión de pasaportes no se hace directamente en frontera tras pasar la parte rusa. El tren se adentra unos doscientos kilómetros tierra adentro, con paradas en diversas estaciones y todo, y es sólo entonces que se para para el control de la policía de frontera. Podría haberme bajado antes y ser un ilegal en Kazahstán. Deben de pensar que para qué me serviría. En la revisión de pasaportes nos paramos como tres horas, y algo que me molestó mucho es que dieron los pasaportes a todos los pasajeros, muy rápidamente, pero a mí me lo dieron como media hora después que a todo el mundo, y tuvo que venir un aduanero que hablaba inglés para hacerme un montón de preguntas ininteresantes e inquisitivas, para que acabaran dándomelo. Fue aquí donde seguidamente se produjo un necesario corte de mangas que hizo reír a Oleg, seguido de un gilipollas, que siempre relaja bastante.
En el tren no dormí muy bien, y llegué fatigadísimo a Atyrau. Encima, al llegar, tenía que comprar un billete para Shymkent, mi siguiente destino, y a la llegada, tuve el primer gran choque, y la primera gran ayuda también. Muy extrañamente, había una mujer en la ventanilla vendiendo billetes, y cuando llego le digo que quiero tomar un tren para Shymkent. No me entiende, y además cierra la ventanilla. Y yo me decía, madre mía, y ahora ¿cómo entiendo lo que me dice, y cómo le explico a dónde voy? Realmente una situación difícil, porque además, los funcionarios ex-soviéticos, han guardado esa gran voluntad de servicio de la época, y son los más antipáticos y menos serviciales del real planeta. Pero entonces se abrió un claro entre las nubes y allá a lo lejos vi un chaval joven, y me dije desde mis adentros: “este tipo habla inglés”. Y en efecto, llego a su lado y hablaba inglés. Lo primero que le dije fue “si fuera cristiano y acabara de morir, creería que eres San Pedro, y que estas son las puertas del cielo”.
El chico me ayudó con el billete, pero entonces había un problema. No había tren directo, porque los Kazahstaníes viajan todos en verano y tenía que hacer un cambio en Kandagashi. Mi tren salía entonces a las 19:30 de la tarde, lo que suponían la friolera de dieciséis horas en una estación de tren de mierda, donde no había nada. Decidí de todas formas, buscarme un sitio tranquilo para desayunar y relajarme, que estuviera además alejado de la gente, para estar más tranquilo. Dormí las primeras cinco horas en el hall de la estación, pero en esta estación me sentía muy poco tranquilo. En el oeste Kazahstaní, la gente no ha visto jamás un extranjero y todos me miraban como siendo un extraterrestre. Yo me decía que esta falta de intimidad por tres días, iba a matarme. Todo el mundo me miraba, fijamente, y era una sensación pesada. Además, más tarde Igor me explicó que para ellos el oeste, que es donde más recursos naturales hay, por cierto, supone algo así como el lejano oeste americano, con la gente más inculta y más maleducada de todo el país. Es allí donde la policía es más corrupta que en ningún lugar, donde a la gente le gusta pelear más que en ningún lugar, donde dicen que hay más ladrones, más injusticias, y más incomprensión con los extranjeros. Me explicaba Igor que esta es una tierra dura y que ha sido siempre tierra de conquistadores. De aquí sólo nacieron guerreros. Y en fin, vemos que es aquí donde más extensiones enormes y despobladas hay, dónde menos progreso hay, y las ciudades son desordenadas y la gente, sí, muy poco cultivada.
Tomé definitivamente el segundo tren, donde no hubo ningún incidente y donde además conocí a Igor, con lo cual había sido más o menos afortunado. Llegamos a Kandagashi, donde aún debía esperar siete horas más a otro tren en el que estaría veinticuatro horas más de tortura, para llegar finalmente a Shymkent. En la estació de Kandagashi, la policía me pidió los documentos dos veces, y además, la segunda vez era el mismo policía que la primera, pero acompañado por otro policía. Se notaba mucho que querían dinero, pero no lo consiguieron, creo que aquí, no hablar ruso, para estos casos es una verdadera ventaja.

Este último tren fue el más pesado, pero también el más divertido. Yo ya sentía que tras tres días de viaje, empezaba a oler muy mal, además en estos trenes no se duerme nada bien y me sentía muy cansado. Se produjo, no obstante, algo muy diferente a todos los otros trenes en que había estado. Un hombre empezó a hablarme y reírse, y yo ya harto, saqué mi diccionario de ruso y le dije, ale, busca lo que me quieras decir. Entonces, unas 10 personas del vagón me rodearon para buscar palabras en el diccionario y preguntarme cosas. Todos muy interesados en saber cosas. Yo contestaba lo que podía. Era una situación difícil, no me gusta nada ser el centro de atención de este modo. Me resulta pesado, y los Kazahstaníes pueden ser muy invasivos de la intimidad para un Europeo. Por suerte, tras una media hora de preguntas, todo terminó, pero tuve que tocar hasta la guitarra, ya que una de las pasajeras tenía una (muy mala) y me pidieron que tocara algo. Lo bueno fue, que la posibilidad de hablar, de comunicar, les hizo entender que yo ya no era un animalito que no piensa y no dice nada. Entonces todo el vagón comenzó a sentir una gran simpatía por mí, y me daban de comer, la gente se acercaba a hablarme. Se oía por todo el vagón, españa, españa, españa, y yo decía joder, soy el tema central aquí. La gente me decía adiós al bajar del tren, incluso despertándome por la noche y hubieron incluso dos chicas, que quisieron tomarse en foto conmigo. Al final de todo, para rematar la faena, una mujer me ayudó al llegar a Shymkent, a comprar el billete para la siguiente ciudad, Almaty, e incluso compartió taxi conmigo y sus hijos, para dejarme donde yo iba. Al final de todo, en conclusión, si los Kazahstaníes son malos, los españoles deben de estar en el infierno. Los kazahstaníes son muy acogedores y serviciales. Muy invasivos, pero con muy buena naturaleza.
Llegué a casa de un belga, bertrand, que es miembro couchsurfing y me acogía, después de una travesía que duró exactamente 72 agotadoras y torturantes horas, entre trenes, estaciones y en medio de una cultura que no es la mía. Pero por fin estoy aquí, y he estado muy bien con Bertrand, que es un tipo muy agradable. Ayer visité una mezquita de tiempos de la ruta de la seda y hoy me tomé el día libre, porque ante tanta falta de intimidad, necesitaba un día de soledad. Me quedé aquí en casa escribiendo y poniendo fotos y vídeos en el blog. Son ya tres semanas de viaje y estos momentos se hacen necesarios. De un modo u otro, el cuero los pide. Pronto os cuento más. Os mando un beso a todos.













2 comentarios:

  1. Genial esta aventura. Ansioso de saber más. Mucha suerte y un gran abrazo, maestro. Pax.

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  2. Gracias, DF, se hace lo que se puede :)

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