Creo, y espero estar en lo cierto, que
he pasado los tres días más difíciles de mi viaje. Estos tres días
he dormido en trenes kazakhstaníes, entre kazakhstaníes. Además de
eso, si cuento el tren desde Volgogrado a Astrakhán, he dormido
cuatro noches en trenes, en cinco días. No he visto un sólo turista
desde que he entrado a este nuevo país, no he tenido prácticamente
a nadie que me explicara lo que pasaba, y las cosas que pasaban no
eran del todo normales, y eran a veces difíciles. No está tampoco
mi padre u otro compañero de viaje, para compartir las dificultades.
Pero empecemos por donde me quedé.
Hace unos días, dejamos la
fabulosa casita de Olya, para viajar más al sur, hacia Astrakhán.
Yo empecé a darme cuenta poco a poco, que iba a ser bastante
imposible, a partir de ahí, encontrar gente que hablase inglés o
alguna otra lengua que yo conozca, así que iba a ser difícil que yo
entendiera las cosas. Me gustan sin embargo, los rusos del sur; creo
que son más cálidos que en el norte. Son mucho más agradables y
risueños. Son más pícaros también, aunque no llegan al nivel
mediterráneo. Son realmente muy serviciales.
Al llegar a
Astrakhan, mi padre y yo tratamos de conseguir (sin éxito) un coche
de alquiler para ir a ver el delta del Volga, e incluso un policía,
bajo una calor terrible, se paseó durante media hora buscando
autobuses que nos llevaran. Dudo que alguna vez entendieran que
queríamos un coche. Yo estaba impresionado, porque es de todos
sabido que la policía rusa es muy corrupta, y está más ahí para
extorsionar al personal, que para ayudar. Impresionado e incómodo,
en verdad, y como expectante del momento en que todo girara con el
policía, pero no giró, afortunadamente, y al final, desanimados,
decidimos ver un poco la ciudad y ovidarnos del Volga. Nunca he visto
el mar Caspio, y eso que ya he estado en dos países que tocan sus
aguas, pero no era nada fácil.
Astrakhán tampoco es una ciudad
muy interesante, pero tiene algunas cositas bonitas que ver, como el
Kremlin. También, no lo he dicho, pero descubrí en Volgogrado una
bebida refrescante que se hace aquí a base de cebada, que aunque no
es cerveza ni tiene alcohol, viene genial para el insufrible calor de
estos días. Mi momento en Rusia tenía entonces sus días contados,
o quizás sus horas y me preparaba para tomar un tren nocturno para
ir a Shymkent, en Kazahstán, lo que suponen unos dos mil quinientos
kilómetros más o menos; algo así como el equivalente del trayecto
de València a Berlín non-stop. Comimos en un buen restaurante ruso,
al lado del hotel, mi padre me ofreció comprarme un pantalón,
porque la verdad que doy un poco de pena con la ropa que llevo, y fui
a coger mi tren.
Como ya he dicho, dos días antes había tomado
un tren para ir desde Volgogrado hacia Astrakhán, y debo decir
también, que aunque el nuevo tren parecía más viejo, me parecía
también mucho más agradable que el otro. En el primero dormimos en
un vagón con literas por todas partes, pero sin compartimentos, así
que oía roncar a todo el vagón, moverse, llorar a los niños, y
encima no había ventanas. En este segundo tenía lo que ellos llaman
“kupé” y que son como compartimentos donde como máximo duermen
cuatro personas y donde normalmente van dos, porque no se suelen
comprar las literas de arriba. Es lo que me sucedió. Iba yo y un
ruso llamado Oleg. Agradable, pero con quien no compartí nada,
excepto mi corte de mangas al policía de frontera Kazahstaní,
cuando ya no me miraba.
Pasar fronteras impone respeto, mucho,
nunca me he acostumbrado, aunque es también una de las cosas más
excitantes del mundo. El problema es que todo puede pasar. Que una
letra no corresponda entre la visa y el pasaporte, que al policía de
frontera se le crucen los cables, que tengan ganas de molestarte
porque sí, que el policía de turno haya decidido que quiere algo de
dinero y tú eres un buen plato para conseguirlo, etc. Pueden
retenerte en frontera, o amenazarte con hacerlo para que pagues,
pueden pedirte un poco de dinero por alguna cosita. Son situaciones
muy incómodas. Sin embargo, pese a todo, yo tengo el respaldo de las
embajadas europeas detrás, lo que constituye todo un peso para ellos
y en las situaciones bien manejadas, nos dejaran casi el total de las
veces en paz, aunque como digo, todo pueda pasar. La policía
Kazahstaní cuenta con la reputación de ser una de las más
corruptas del mundo, aunque la corrupción sea a pequeña escala. Es
decir; extorsionan un poco al personal para ganar para ellos un poco
más de dinero. Sin embargo, es bastante molesto y cada vez que veo
un policía, para que no me moleste, me cambio de acera. Todavía no
me ha pasado nada, y es muy difícil que me pase, pero mejor no
forzar las situaciones comprometidas y huir un poco de ellas.
En cuanto crucé la frontera entre
Rusia y Kazahstán, el paisaje cambió mucho. Pasé de un bosque
bastante arbolado, a una sabana, que casi me perseguiría durante
todo el trayecto Kazahstaní. El paisaje es bastante monótono, con a
veces pequeñitos laguitos y alguna montaña. Unas horas sobran para
hacerse una idea de qué se verá durante todo el recorrido, siendo
las puestas de sol, el único momento verdaderamente interesante.
Una
cuestión que impresiona sin embargo muy pronto, es que desde que
cruzamos la frontera dirección Atyrau, vemos ya el primer pozo de
petróleo, y vemos la cantidad y cantidad de trenes que transportan
miles y miles de vagones de petróleo. En efecto, luego me enteré de
que Kazahstán es un país muy rico en crudo. Ya lo sabía, pero aquí
se hace evidente. De entre las pocas personas que encontré que
hablaran inglés, tuve la suerte de encontrar a Igor (creo que me
dijo que se llama así) y su compañero de trabajo, que venían
justamente de su trabajo como seguridad en centrales de petróleo.
Trabajan un mes y descansan otro y además es un trabajo bien pagado
en Kazahstan. Me dijeron que hay más de cien pozos de petróleo
repartidos por toda su geografía, sobretodo al oeste. Además es un
país riquísimo en recursos mineros. Hay aquí, desde uranio, hasta
acero y otros materiales muy muy valiosos. Podría ser un país
riquísimo, con un PIB mucho más alto que el de muchos países
europeos. Sin embargo, la riqueza de la gente no se corresponde con
todos esos grandes recursos, y aunque las casas no son extremadamente
pobres, no están al nivel de la riqueza del país. Igor me ayudó
muchísimo, lo encontré en mi segunda noche en trenes y hablaba un
inglés decente, comprensible, así que fue la oportunidad de que me
contara muchas cosas. Ha sido la primera persona que me habló muy
claramente a favor de la URSS. Él me decía que antes había
seguridad social, que había estudios gratuitos hasta la universidad,
asistencia sanitaria, el intento por cultivar a la población, y que
con el fin del comunismo, todo esto cayó, y dejó al país en la
gran miseria de un charco de oro, porque como digo, es riquísimo. Me
dijo una frase que me hizo temblar cuando la oí. Me dijo que “mi
padre siempre dice que antes, con la URSS él tenía la seguridad de
que mañana sería un buen día”. Ahora, todos los recursos del
país se van para manos extranjeras, con los políticos cómplices
también, que lo permiten, y el presidente es una de las personas más
ricas del mundo, con el beneplácito de la población, que no lo
impide lo suficiente. Si algo bueno tiene europa, y es lo que más
amo de este continente, que es ya, en gran medida, una entidad
cultural, es que pasó por nuestro mundo el siglo de las luces, la
ilustración, y aprendimos que para ganar nuestros derechos, tenemos
que dejarnos la vida si inclusive se requiere. Deberíamos
reivindicar este rasgo como característico de nuestra cultura, la
crítica y la razón, pero debería de expandirse por toda la
humanidad, como el gen más importante que debería habitar en el
humano. En Asia, la cuestión no funciona tanto así y la relación
del gobierno con sus súbditos, es más bien de tipo paternalista. De
tipo, el gobierno es como el padre, que jamás se equivoca, y aunque
se equivoque, tiene derecho a castigarnos y a no ser contradecido.
Por un mundo mejor ¡entendamos al fin, que eso que llaman gobierno,
es nuestro, completamente nuestro, totalmente nuestro y de nadie más,
y que debe estar ahí para administrar para su pueblo, y que
conspirar contra el pueblo es el mayor de los crímenes, y que la
rebelión debería obligatoria para el ciudadano cuando el padre no
se comporta bien! En fin, sigo.
También fue la oportunidad de un
primer contacto con Kazahstaníes, que tienen un deporte nacional
bastante particular, que es el de meter miedo a los extranjeros.
Ellos son habitualmente buenísimas personas, pero siempre te dicen,
“ten cuidado cuando llegues ahí, cuidado en la noche, a los
kazahstaníes les gusta pegarse, la policía te va a robar”, y si
además les dices que vas al sur, entonces la situación ya es
escandalosa, del plan de “bueno, vas al infierno” ¡Todo
exageración! Cada cual que me lo dice, luego me invita a comer, me
paga un agua, me sonrie, cuida mis cosas para que nadie me las robe,
como si fueran suyas ¡Qué mala gente son los Kazahstanies!
Tomé
entonces el tren entre Astrakhán y Atyrau, lo tomaba a las 14:30 el
día dieciocho y llegaba al día siguiente a eso de las 4:15, pero
debemos de contar además con que a la llegada había que quitar una
hora al reloj, porque iba en dirección este y el sol llega antes a
esas latitudes, así que hay otro uso horario. Algo muy curioso es
que la revisión de pasaportes no se hace directamente en frontera
tras pasar la parte rusa. El tren se adentra unos doscientos
kilómetros tierra adentro, con paradas en diversas estaciones y
todo, y es sólo entonces que se para para el control de la policía
de frontera. Podría haberme bajado antes y ser un ilegal en
Kazahstán. Deben de pensar que para qué me serviría. En la
revisión de pasaportes nos paramos como tres horas, y algo que me
molestó mucho es que dieron los pasaportes a todos los pasajeros,
muy rápidamente, pero a mí me lo dieron como media hora después
que a todo el mundo, y tuvo que venir un aduanero que hablaba inglés
para hacerme un montón de preguntas ininteresantes e inquisitivas,
para que acabaran dándomelo. Fue aquí donde seguidamente se produjo
un necesario corte de mangas que hizo reír a Oleg, seguido de un
gilipollas, que siempre relaja bastante.
En el tren no dormí muy
bien, y llegué fatigadísimo a Atyrau. Encima, al llegar, tenía que
comprar un billete para Shymkent, mi siguiente destino, y a la
llegada, tuve el primer gran choque, y la primera gran ayuda también.
Muy extrañamente, había una mujer en la ventanilla vendiendo
billetes, y cuando llego le digo que quiero tomar un tren para
Shymkent. No me entiende, y además cierra la ventanilla. Y yo me
decía, madre mía, y ahora ¿cómo entiendo lo que me dice, y cómo
le explico a dónde voy? Realmente una situación difícil, porque
además, los funcionarios ex-soviéticos, han guardado esa gran
voluntad de servicio de la época, y son los más antipáticos y
menos serviciales del real planeta. Pero entonces se abrió un claro
entre las nubes y allá a lo lejos vi un chaval joven, y me dije
desde mis adentros: “este tipo habla inglés”. Y en efecto, llego
a su lado y hablaba inglés. Lo primero que le dije fue “si fuera
cristiano y acabara de morir, creería que eres San Pedro, y que
estas son las puertas del cielo”.
El chico me ayudó con el
billete, pero entonces había un problema. No había tren directo,
porque los Kazahstaníes viajan todos en verano y tenía que hacer un
cambio en Kandagashi. Mi tren salía entonces a las 19:30 de la
tarde, lo que suponían la friolera de dieciséis horas en una
estación de tren de mierda, donde no había nada. Decidí de todas
formas, buscarme un sitio tranquilo para desayunar y relajarme, que
estuviera además alejado de la gente, para estar más tranquilo.
Dormí las primeras cinco horas en el hall de la estación, pero en
esta estación me sentía muy poco tranquilo. En el oeste Kazahstaní,
la gente no ha visto jamás un extranjero y todos me miraban como
siendo un extraterrestre. Yo me decía que esta falta de intimidad
por tres días, iba a matarme. Todo el mundo me miraba, fijamente, y
era una sensación pesada. Además, más tarde Igor me explicó que
para ellos el oeste, que es donde más recursos naturales hay, por
cierto, supone algo así como el lejano oeste americano, con la gente
más inculta y más maleducada de todo el país. Es allí donde la
policía es más corrupta que en ningún lugar, donde a la gente le
gusta pelear más que en ningún lugar, donde dicen que hay más
ladrones, más injusticias, y más incomprensión con los
extranjeros. Me explicaba Igor que esta es una tierra dura y que ha
sido siempre tierra de conquistadores. De aquí sólo nacieron
guerreros. Y en fin, vemos que es aquí donde más extensiones
enormes y despobladas hay, dónde menos progreso hay, y las ciudades
son desordenadas y la gente, sí, muy poco cultivada.
Tomé
definitivamente el segundo tren, donde no hubo ningún incidente y
donde además conocí a Igor, con lo cual había sido más o menos
afortunado. Llegamos a Kandagashi, donde aún debía esperar siete
horas más a otro tren en el que estaría veinticuatro horas más de
tortura, para llegar finalmente a Shymkent. En la estació de
Kandagashi, la policía me pidió los documentos dos veces, y además,
la segunda vez era el mismo policía que la primera, pero acompañado
por otro policía. Se notaba mucho que querían dinero, pero no lo
consiguieron, creo que aquí, no hablar ruso, para estos casos es una
verdadera ventaja.
Este último tren fue el más pesado,
pero también el más divertido. Yo ya sentía que tras tres días de
viaje, empezaba a oler muy mal, además en estos trenes no se duerme
nada bien y me sentía muy cansado. Se produjo, no obstante, algo muy
diferente a todos los otros trenes en que había estado. Un hombre
empezó a hablarme y reírse, y yo ya harto, saqué mi diccionario de
ruso y le dije, ale, busca lo que me quieras decir. Entonces, unas 10
personas del vagón me rodearon para buscar palabras en el
diccionario y preguntarme cosas. Todos muy interesados en saber
cosas. Yo contestaba lo que podía. Era una situación difícil, no
me gusta nada ser el centro de atención de este modo. Me resulta
pesado, y los Kazahstaníes pueden ser muy invasivos de la intimidad
para un Europeo. Por suerte, tras una media hora de preguntas, todo
terminó, pero tuve que tocar hasta la guitarra, ya que una de las
pasajeras tenía una (muy mala) y me pidieron que tocara algo. Lo
bueno fue, que la posibilidad de hablar, de comunicar, les hizo
entender que yo ya no era un animalito que no piensa y no dice nada.
Entonces todo el vagón comenzó a sentir una gran simpatía por mí,
y me daban de comer, la gente se acercaba a hablarme. Se oía por
todo el vagón, españa, españa, españa, y yo decía joder, soy el
tema central aquí. La gente me decía adiós al bajar del tren,
incluso despertándome por la noche y hubieron incluso dos chicas,
que quisieron tomarse en foto conmigo. Al final de todo, para rematar
la faena, una mujer me ayudó al llegar a Shymkent, a comprar el
billete para la siguiente ciudad, Almaty, e incluso compartió taxi
conmigo y sus hijos, para dejarme donde yo iba. Al final de todo, en
conclusión, si los Kazahstaníes son malos, los españoles deben de
estar en el infierno. Los kazahstaníes son muy acogedores y
serviciales. Muy invasivos, pero con muy buena naturaleza.
Llegué
a casa de un belga, bertrand, que es miembro couchsurfing y me
acogía, después de una travesía que duró exactamente 72
agotadoras y torturantes horas, entre trenes, estaciones y en medio
de una cultura que no es la mía. Pero por fin estoy aquí, y he
estado muy bien con Bertrand, que es un tipo muy agradable. Ayer
visité una mezquita de tiempos de la ruta de la seda y hoy me tomé
el día libre, porque ante tanta falta de intimidad, necesitaba un
día de soledad. Me quedé aquí en casa escribiendo y poniendo fotos
y vídeos en el blog. Son ya tres semanas de viaje y estos momentos
se hacen necesarios. De un modo u otro, el cuero los pide. Pronto os
cuento más. Os mando un beso a todos.
Genial esta aventura. Ansioso de saber más. Mucha suerte y un gran abrazo, maestro. Pax.
ResponderEliminarGracias, DF, se hace lo que se puede :)
ResponderEliminar