La gente tiende a decir que Moscú es
más fea que Petersburgo y en cierta medida, estoy de acuerdo. Moscú
tiene menos edificios elegantes y burgueses, pero pienso y quizá es
sólo una impresión, que caminar en Moscú es más agradable que
hacerlo en aquella ciudad del norte. Moscú vivió un periodo de
decadencia en el siglo XVIII, cuando Pedro el grande decidió cambiar
la capital desde moscú a la ciénaga que era entonces Petersburgo.
Fueron los soviéticos, muy al principio de la revolución, que
decidieron cambiar la capital de Petersburgo a Moscú por miedo a las
invasiones alemanas. Es por eso que Moscú tiene menos edificios
elegantes de aquella época. A cambio, caminar por Petersburgo es
bastante desagradable, porque en el centro histórico, los paseos se
descubren paralelos a las grandes avenidas y es imposible hablar
tranquilo en sus calles. Con lo poco que he estado en Moscú, he
sentido la gran diferencia de que había pequeños barrios,
interiores a las grandes avenidas, donde se respira calma y eso me ha
gustado mucho.
De Moscú no he visto
demasiado, he visto las cosas clásicas que todo el mundo viene a ver
aquí: la imponente plaza roja, que es realmente impresionantemente
grande. También he visto el Kremlin, aunque sólo desde fuera, que
fue desde donde gobernaron todos los poderes estatales desde hace
tantos siglos. Ahora bien, pienso que si venimos a Moscú a ver
monumentos, podemos aburrirnos rotundamente, de manera muy rápida.
Yo traté más bien de encontrar gente del lugar o que viviera en el
lugar, lo que me parece mucho más interesante que ver bloques de
cemento e historia, porque eso es cultura muerta. Yo no quiero saber,
o no me interesa tanto, cómo vivían estas personas hace siglos,
aunque es cierto que eso explique cómo son hoy en día. Lo que yo
quiero entender, es cómo viven ahora, e incluso preguntarme en cada
ciudad a la que llego, si viviría yo en ella o no. Y creo que en
Moscú, por ejemplo, no viviría. Creo que al final la cuestión del
clima no es un verdadero problema, pero veo las relaciones humanas
aquí parecen muy frías, muy distantes, y eso sí lo es.
Aquí en Moscú fuimos a cenar, mi padre y yo, con Ricardo, su novia y una amiga. Fuimos a su casa y pudimos ver un poco cómo es la vida en una casa en Moscú. Ricardo nos contaba que aquéllos que tenían casa en propiedad en Moscú en 1989, cuando la caída del comunismo, se hicieron automáticamente millonarios, porque esas casas revalorizadas con la entrada del capitalismo, produjeron un fuerte aumento en el precio de la vivienda, y ahora muchas de esas personas, alquilan sus casas de Moscú y viven en otros sitios. Si además la casa en propiedad era sólo un poco más grande, hablemos de otra habitación, el precio se duplica. Ricardo debe vivir en no más de 40 m2, una habitación que hace las veces de salón, cocina y baño, y paga por esto 1000€ por mes. Dicho así, suena a demasiado, pero en realidad la casa está bien y tiene unas vistas estupendas sobre Moscú. El propietario debe vivir en cualquier otro lugar. Ricardo tiene un bonito trabajo: recorre Rusia como periodista y hace reportajes de lo que le parece interesante. Gana bien, vive bien.
Lo más interesante que he hecho en Moscú, lo hice de nuevo contactando la gente de Couchsurfing. Puse un anuncio en el foro y rápidamente me invitaron a hacer un montón de actividades. Una chica me ofreció ir a tocar música en un parque, y otra me ofreció subir un gran edificio abandonado, por falta de financiación. Otra gente me ofreció también salir de fiesta, pero esta vez no hubo oportunidad. En realidad, la chica de la música llegó muy tarde y al final casi me fui directo a subir el edificio. Subir el edificio abandonado es de lo mejor que he hecho hasta el momento en este viaje, porque por primera vez me ha hecho sentir que hago algo diferente, que se aleja de la cotidiano. He comenzado a sentir ese espíritu ingenuo que busco cuando viajo, ese espíiritu de grandeza que por fin encuentro en las pequeñas cosas, el espíritu del viaje.
Como decía, los rusos son fríos, sobretodo en el primer contacto. Cuando llegué al punto de encuentro para la subida del edificio, me parecía muy curioso cómo al decir hola, muy contrariamente a como hacemos en València, decían hola con la cabeza agachada y de manera muy muy tímida. Luego me sorprendió, que había gente que subía el edificio para hacerlo a su aire, quizá entre parejas, quizá entre grupos de amigos y que no había esa voluntad de compartir. Muchos de ellos fueron realmente gentiles, sobretodo uno, que pasó casi toda la noche conmigo. Actúan de manera muy distinta a como lo haría yo. Están interesados en viajeros y gente venida del extranjero, casi todos quieren aprender idiomas, pero el nivel es pésimo y no es muy fácil encontrar a alguien que hable bien inglés u otras lenguas. Varios de ellos me hablaban en francés, pero ninguno de ellos en castellano por ejemplo. Se conforman a veces con estar, con estar cerca, aunque no digan nada. Están como al lado, y sientes que quieren estar contigo y están interesados, pero no saben qué preguntar, aunque tampoco me ponían en situación incómoda. Yo creo que para ellos hablo demasiado. Una cosa que me sorprendió es que está socialmente aceptado que alguien diga que se va a dar una vuelta y que quizá luego no vuelva. Esto me sorprendió muchísimo, y habían muchos que lo hacían, incluso algunos con quien había hablado y a quien me hubiera gustado decir “adiós, buen viaje”. Debo de confesar que estas buenas formas me encantan de los franceses, que siempre dirían adiós.
En fin, subimos el edificio, que era muy interesante. Había primero, que sobornar quizá al vigilante. Los rusos hablaban de que unos 50 Rublos por persona les parecía un buen precio. Es poco más de un Euro, así que para mí también. Sin embargo, cuando llegamos, el vigilante nos dejó pasar sin problemas, sonriente y todo, así que comenzamos el ascenso. El edificio era una gran masa de cemento y acero oxidado y todo tenía una aspecto tétrico y destartalado. Me recordó a una de esas escenas de “Goodbye Lenin”, donde el chico está en un edificio semejante, en la reciente Alemania federal. La explicación está en que los edificios quedaban sin patrocinador, porque antes ese patrocinador era el estado, que ya no lo es. Subimos como unos veinte pisos de destartaladas escaleras hasta la cima, desde donde se veía todo moscú ¡Qué lástima no haber traído la cámara! De todas formas, me hice tomar en mil fotos e hice prometer que me las mandarían. Hice un montón de amigos en este edificio, todo el mundo quería conocer al extranjero, y en Rusia no hay tantos. Un chico me invitó a un vinito, y allí estaba yo, por primera vez desde el inicio del viaje, sintiéndome como un viajero, en la cima de un rascacielos en moscú, compartiendo vinitos con desconocidos.
Cuando caía la tarde, la gente decidió que quería ir al Gorki Park (Gorki es el escritor de “La madre”, un gran libro sobre la revolución russa, que leí cuando niño). Todo el mundo insistía en decirme que este parque ha cambiado mucho en sólo un año. Lo cerraron para reformarlo, y ahora lo han hecho todo lo habitable que antes no era. Además, ahora es gratis y bonito y no como antes. En el parque se produce un verdadero encuentro social de gente que va a pasar el tiempo, y hay un montón de corros de gente que va a bailar, y los bailes se separan por estilos. Es muy interesante. También hay gente que sólo conversa, o que toman alguna cervecita u otra cosa. Recordemos: los rusos beben mucho menos que los europeos occidentales. Cuando acabaron los bailes, me quedé un rato tocando guitarra, y luego el tambor con un chico que tocaba la guitarra y otra chica que cantaba. A la gente parecía gustarle bastante, y se paraba gente de por allí a mirar y aplaudían.
Llegó el final de la velada y me dio rabia el porqué. Resulta que en Moscú, el último metro sale de los extremos a la una de la madrugada, y si no estás en un metro antes, puedes quedarte como a dos horas caminando de tu casa. Creo que en cierta medida es una gran arma de control social. A la una el populacho que no puede pagar un taxi, debe volver a casa. Las sociedades del control que nos están dominando toda Europa, haciendo sociedades más seguras, pero mucho menos divertidas. En toulouse el metro cierra a las doce entre semana. En fin, me fui a dormir, de todas formas al día siguiente me levantaba temprano, para coger un avión. Al irme, las chicas con las que ya había conversado un buen rato, me ofrecían la mano para decirme adiós, así que les dije que ya no y les di dos besos, lo que causó que se rieran un poco, pero lo siento, yo no puedo dar la mano a una mujer.
Quien por fin se siente estando en viaje. Fidel.
P.d. Escribo ahora desde la casa de alguien que me ha invitado a dormir en su casa, pero para leerlo, tendréis que seguir el siguiente episodio. :)
Aquí en Moscú fuimos a cenar, mi padre y yo, con Ricardo, su novia y una amiga. Fuimos a su casa y pudimos ver un poco cómo es la vida en una casa en Moscú. Ricardo nos contaba que aquéllos que tenían casa en propiedad en Moscú en 1989, cuando la caída del comunismo, se hicieron automáticamente millonarios, porque esas casas revalorizadas con la entrada del capitalismo, produjeron un fuerte aumento en el precio de la vivienda, y ahora muchas de esas personas, alquilan sus casas de Moscú y viven en otros sitios. Si además la casa en propiedad era sólo un poco más grande, hablemos de otra habitación, el precio se duplica. Ricardo debe vivir en no más de 40 m2, una habitación que hace las veces de salón, cocina y baño, y paga por esto 1000€ por mes. Dicho así, suena a demasiado, pero en realidad la casa está bien y tiene unas vistas estupendas sobre Moscú. El propietario debe vivir en cualquier otro lugar. Ricardo tiene un bonito trabajo: recorre Rusia como periodista y hace reportajes de lo que le parece interesante. Gana bien, vive bien.
Lo más interesante que he hecho en Moscú, lo hice de nuevo contactando la gente de Couchsurfing. Puse un anuncio en el foro y rápidamente me invitaron a hacer un montón de actividades. Una chica me ofreció ir a tocar música en un parque, y otra me ofreció subir un gran edificio abandonado, por falta de financiación. Otra gente me ofreció también salir de fiesta, pero esta vez no hubo oportunidad. En realidad, la chica de la música llegó muy tarde y al final casi me fui directo a subir el edificio. Subir el edificio abandonado es de lo mejor que he hecho hasta el momento en este viaje, porque por primera vez me ha hecho sentir que hago algo diferente, que se aleja de la cotidiano. He comenzado a sentir ese espíritu ingenuo que busco cuando viajo, ese espíiritu de grandeza que por fin encuentro en las pequeñas cosas, el espíritu del viaje.
Como decía, los rusos son fríos, sobretodo en el primer contacto. Cuando llegué al punto de encuentro para la subida del edificio, me parecía muy curioso cómo al decir hola, muy contrariamente a como hacemos en València, decían hola con la cabeza agachada y de manera muy muy tímida. Luego me sorprendió, que había gente que subía el edificio para hacerlo a su aire, quizá entre parejas, quizá entre grupos de amigos y que no había esa voluntad de compartir. Muchos de ellos fueron realmente gentiles, sobretodo uno, que pasó casi toda la noche conmigo. Actúan de manera muy distinta a como lo haría yo. Están interesados en viajeros y gente venida del extranjero, casi todos quieren aprender idiomas, pero el nivel es pésimo y no es muy fácil encontrar a alguien que hable bien inglés u otras lenguas. Varios de ellos me hablaban en francés, pero ninguno de ellos en castellano por ejemplo. Se conforman a veces con estar, con estar cerca, aunque no digan nada. Están como al lado, y sientes que quieren estar contigo y están interesados, pero no saben qué preguntar, aunque tampoco me ponían en situación incómoda. Yo creo que para ellos hablo demasiado. Una cosa que me sorprendió es que está socialmente aceptado que alguien diga que se va a dar una vuelta y que quizá luego no vuelva. Esto me sorprendió muchísimo, y habían muchos que lo hacían, incluso algunos con quien había hablado y a quien me hubiera gustado decir “adiós, buen viaje”. Debo de confesar que estas buenas formas me encantan de los franceses, que siempre dirían adiós.
En fin, subimos el edificio, que era muy interesante. Había primero, que sobornar quizá al vigilante. Los rusos hablaban de que unos 50 Rublos por persona les parecía un buen precio. Es poco más de un Euro, así que para mí también. Sin embargo, cuando llegamos, el vigilante nos dejó pasar sin problemas, sonriente y todo, así que comenzamos el ascenso. El edificio era una gran masa de cemento y acero oxidado y todo tenía una aspecto tétrico y destartalado. Me recordó a una de esas escenas de “Goodbye Lenin”, donde el chico está en un edificio semejante, en la reciente Alemania federal. La explicación está en que los edificios quedaban sin patrocinador, porque antes ese patrocinador era el estado, que ya no lo es. Subimos como unos veinte pisos de destartaladas escaleras hasta la cima, desde donde se veía todo moscú ¡Qué lástima no haber traído la cámara! De todas formas, me hice tomar en mil fotos e hice prometer que me las mandarían. Hice un montón de amigos en este edificio, todo el mundo quería conocer al extranjero, y en Rusia no hay tantos. Un chico me invitó a un vinito, y allí estaba yo, por primera vez desde el inicio del viaje, sintiéndome como un viajero, en la cima de un rascacielos en moscú, compartiendo vinitos con desconocidos.
Cuando caía la tarde, la gente decidió que quería ir al Gorki Park (Gorki es el escritor de “La madre”, un gran libro sobre la revolución russa, que leí cuando niño). Todo el mundo insistía en decirme que este parque ha cambiado mucho en sólo un año. Lo cerraron para reformarlo, y ahora lo han hecho todo lo habitable que antes no era. Además, ahora es gratis y bonito y no como antes. En el parque se produce un verdadero encuentro social de gente que va a pasar el tiempo, y hay un montón de corros de gente que va a bailar, y los bailes se separan por estilos. Es muy interesante. También hay gente que sólo conversa, o que toman alguna cervecita u otra cosa. Recordemos: los rusos beben mucho menos que los europeos occidentales. Cuando acabaron los bailes, me quedé un rato tocando guitarra, y luego el tambor con un chico que tocaba la guitarra y otra chica que cantaba. A la gente parecía gustarle bastante, y se paraba gente de por allí a mirar y aplaudían.
Llegó el final de la velada y me dio rabia el porqué. Resulta que en Moscú, el último metro sale de los extremos a la una de la madrugada, y si no estás en un metro antes, puedes quedarte como a dos horas caminando de tu casa. Creo que en cierta medida es una gran arma de control social. A la una el populacho que no puede pagar un taxi, debe volver a casa. Las sociedades del control que nos están dominando toda Europa, haciendo sociedades más seguras, pero mucho menos divertidas. En toulouse el metro cierra a las doce entre semana. En fin, me fui a dormir, de todas formas al día siguiente me levantaba temprano, para coger un avión. Al irme, las chicas con las que ya había conversado un buen rato, me ofrecían la mano para decirme adiós, así que les dije que ya no y les di dos besos, lo que causó que se rieran un poco, pero lo siento, yo no puedo dar la mano a una mujer.
Quien por fin se siente estando en viaje. Fidel.
P.d. Escribo ahora desde la casa de alguien que me ha invitado a dormir en su casa, pero para leerlo, tendréis que seguir el siguiente episodio. :)
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