Ya no debe de ser ninguna novedad el
hecho de conocer gente en aviones. Conocí así a mi anterior novia
incluso, he conocido a tanta gente de este modo. El otro día en el
avión entre Moscú y Volgogrado, una chica sonriente llegó a mi
lado y me dijo, mira, creo que éste es mi asiento y le digo que no,
que la numeración es con letras rusas, y no inglesas. Entonces me
pregunta que de dónde soy e intercambiamos dos palabras en inglés.
Yo estaba al lado de la ventanilla y mi padre me pregunta si me
quiero poner en medio para hablar con ella. Yo de un lado pensaba,
para una vez que tengo ventanilla, cómo ir en medio, y del otro me
decía, venga, los rusos no hablan realmente mucho inglés. Le dije
que no. En menos de un minuto, la chica vuelve a hablarme, me
pregunta dos cosas y empiezo a entender que sí habla bien inglés y
que parece interesante. No sólo habla inglés, sino que además
habla un poco de español, que está estudiando, y le gusta mucho
viajar, ha estado en muchos sitios, y además, le gustaría irse a
España si consigue un trabajo de Moscú, motivo por el que venía de
la ciudad. Me pongo en medio, y hablamos y hablamos y hablamos. Y tan
bien nos entendemos, que acaba llevándonos del aeropuerto a la
ciudad con el coche de su novio, y me promete que me enseña la
ciudad, que me ayuda con los billetes de tren para Astrakhan y para
luego, destino Kazahstan, pero no todo queda ahí. Cuando llego a su
casa, además de invitarme a cenar, su abuela y ella, nos invitan a
pasar la noche en la casa ¡Diós qué alegría cuando estas cosas
pasan! ¡Gracias Olya, eres un sol!
Su casita, es una pequeñita
casa de cemento, con papel de colores con dibujos como decoración
por las paredes, y hay un par de habitaciones, baño, y cocina. La
casa no es lujosa, es más bien humilde, pese a estar en el mismo
centro de Volgogrado, pero es muy acogedora. Olya nos cede su
habitación para que durmamos mi padre y yo en una cama grande, ella
duerme en el salón, y la abuela y su hermano, en la habitación de
la abuela. La abuela es mayor, cojea un poco de una pierna, y es una
de esa mujeres mayores que sólo transmiten amor, y por muy mayores
que están, sólo sientes buenos sentimientos hacia ellas. Trata de
hablar con nosotros en ruso, y la frustración es rápida, porque
ruso y cualquiera de las lenguas que hablo, se parecen en que todos
gastan palabras, pero nada más. La abuelita tiene el pelo blanco, la
piel oscura, los ojos claros y es la clásica abuelita que quiere
hacerte comer. Me recuerda cuando iba a comer en casa de mi abuela y
me hacía siempre tanto de comer. Mi abuelo me decía que existen
varios estómagos y aunque se llene uno de los estómagos, otros no
se llenan. Por ejemplo el estómago del pan, pero no el del arroz.
Era usual acabar las noches expulsando los excesos de la comida en el
baño. El hermano es más distante, y no llego a verlo más que una
vez. Olya es una chica muy inteligente, tiene ojos claros, pelo
oscuro, es más alta que yo, y hace salsa y idiomas, y viaja y tiene
mil curiosidades y es amable y el mejor encuentro de mi viaje hasta
el momento.
Volgogrado es muy fea y muy poco europea ya, así que rápidamente me cautiva y me resulta la ciudad más interesante vista hasta el momento. Pese a todo, Volgogrado tiene varios encantos: el imponente Volga y su paseo en el centro o la montaña de Mamajef, dónde una imponente estatua, que en su momento fue más alta que la estatua de la libertad y que sujeta una espada, representa la madre patria y está construida en homenaje a los millones de caídos en la invasión nazi de (en el momento) Stalinagrado. Aquí comprendo por fin que el arte socialista no es sólo tosco y rígido, militar y que puede tener su encanto. A las afueras de la ciudad está esta estatua, y antes de llegar un montón de monumentos, nos recuerdan los excesos del momento. Un panel dice que fueron tan valientes los rusos, que los alemanes no lo creían, que parecían inmortales. Dice Olya que unos defendían su familia, y que lo otros eran prácticamente mercenarios y que todos querían volver a sus casas. Fue tan dura la invasión, que quedaron en pie 20 edificios y un árbol en toda la ciudad. Incluso tuve opción de ver el árbol. Algo que me sorprende, aunque lo entiendo, es que los símbolos socialistas se viven aquí de modo muy peculiar. Todos piensan que es parte de una glorioso pasado, y que los bolcheviques hicieron avanzar mucho al país. Se pasó de un país en la edad media, donde aún existía la esclavitud, a un país, sobretodo con Krushev como presidente en los sesenta, con unos estándares de vida muy aceptables. Faltaba libertad, aunque tuvieran escuelas, y sanidad y libros gratis. Es comprensible que quisieran más, pero deberían seguir luchando por sus conquistas sociales, si no quieren acabar como nosotros.
Me gusta Volgogrado, porque hace un calor tórrido, y eso hace que la gente deba vestirse más fresca, con menos clase, me gusta porque el aire es más tranquilo y sus gentes más sonrientes. Me gusta porque quedan símbolos de la era soviética por todos los sitios, porque hay mathruskas, que son furgonetas para transportar a viajeros, que no existen ni en moscú, ni en Petersburgo. Me gusta porque las calles están desconchadas, porque hay muchos edificios cuadrados y soviéticos, y coches lada y aparatos viejos reparados por todos los sitios, porque todo es más senzillo pero más humano al mismo tiempo. Me gusta en definitiva, porque ya no estoy en Europa, estoy entrando en Asia y siento a cada paso una curiosidad terrible. Si en Petersburgo tomé veinte fotos, aquí he tomado setenta en una tarde. Me gusta porque en definitiva me hace sentir por fin viajando, dirigiéndome hacia lo desconocido.
Volgogrado es muy fea y muy poco europea ya, así que rápidamente me cautiva y me resulta la ciudad más interesante vista hasta el momento. Pese a todo, Volgogrado tiene varios encantos: el imponente Volga y su paseo en el centro o la montaña de Mamajef, dónde una imponente estatua, que en su momento fue más alta que la estatua de la libertad y que sujeta una espada, representa la madre patria y está construida en homenaje a los millones de caídos en la invasión nazi de (en el momento) Stalinagrado. Aquí comprendo por fin que el arte socialista no es sólo tosco y rígido, militar y que puede tener su encanto. A las afueras de la ciudad está esta estatua, y antes de llegar un montón de monumentos, nos recuerdan los excesos del momento. Un panel dice que fueron tan valientes los rusos, que los alemanes no lo creían, que parecían inmortales. Dice Olya que unos defendían su familia, y que lo otros eran prácticamente mercenarios y que todos querían volver a sus casas. Fue tan dura la invasión, que quedaron en pie 20 edificios y un árbol en toda la ciudad. Incluso tuve opción de ver el árbol. Algo que me sorprende, aunque lo entiendo, es que los símbolos socialistas se viven aquí de modo muy peculiar. Todos piensan que es parte de una glorioso pasado, y que los bolcheviques hicieron avanzar mucho al país. Se pasó de un país en la edad media, donde aún existía la esclavitud, a un país, sobretodo con Krushev como presidente en los sesenta, con unos estándares de vida muy aceptables. Faltaba libertad, aunque tuvieran escuelas, y sanidad y libros gratis. Es comprensible que quisieran más, pero deberían seguir luchando por sus conquistas sociales, si no quieren acabar como nosotros.
Me gusta Volgogrado, porque hace un calor tórrido, y eso hace que la gente deba vestirse más fresca, con menos clase, me gusta porque el aire es más tranquilo y sus gentes más sonrientes. Me gusta porque quedan símbolos de la era soviética por todos los sitios, porque hay mathruskas, que son furgonetas para transportar a viajeros, que no existen ni en moscú, ni en Petersburgo. Me gusta porque las calles están desconchadas, porque hay muchos edificios cuadrados y soviéticos, y coches lada y aparatos viejos reparados por todos los sitios, porque todo es más senzillo pero más humano al mismo tiempo. Me gusta en definitiva, porque ya no estoy en Europa, estoy entrando en Asia y siento a cada paso una curiosidad terrible. Si en Petersburgo tomé veinte fotos, aquí he tomado setenta en una tarde. Me gusta porque en definitiva me hace sentir por fin viajando, dirigiéndome hacia lo desconocido.
Me encuentro ahora en la litera de un
tren, desde donde os escribo, me dirijo hacia Astrakhan. Ha sido una
verdadera tristeza despedirme de mi pequeña familia de Volgogrado y
de esta corta estancia. Olya me decía en la estación, que odiaba
tener que trabajar el día de hoy, y no poder pasar más momentos con
nosotros. Yo también. Nosotros también. Siento que ya pronto nadie
hablará inglés, y hasta he comprado un diccionario castellano/ruso,
quizá mañana por la noche ya no viajo más con mi padre y voy a
pasar días sin hablar con nadie que diga una sola palabra en idiomas
que yo hable. No es una tragedia, pero a veces es duro. En dos días,
como mucho, estaré en Kazahstan y habré pisado territorio de dos de
los países más grandes del mundo. Un poco de incertidumbre, e
incluso un ligero temor a lo desconocido, me tienen preso. Pero una
emoción creciente y una curiosidad enorme, me tienen todavía más
esclavo. Tanto, que sería capaz yo de empujar este tren hasta
Astrakhan y de dirigirlo tras ello destino a Kazahstan para seguir
conociendo y conociendo más cosas, para no parar de conocer, para
conocer hasta que no me quede más un mínimo de signos
vitales.
¡Qué miedo y qué ganas, queridos lectores! ¡Qué miedo y qué ganas! ¿Estáis ahí? ¡Hasta pronto!
¡Qué miedo y qué ganas, queridos lectores! ¡Qué miedo y qué ganas! ¿Estáis ahí? ¡Hasta pronto!
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