domingo, 8 de julio de 2012

Destino Rusia



Hace no más de diez minutos acabo de pasar la frontera Rusa, y comprobar toda la lentitud, la ineficacia, y el surrealismo de su burocracia. En la parte Estonia, a mi padre le han tenido que controlar el pasaporte, porque según ellos había un problema, que se resumía en que la máquina que controla los pasaportes es automática y ellos desconocen entonces qué problemas tienen que solucionar. Cruzo en tren la frontera. Acabo de levantar unos segundos la vista mientras escribía y ya vi el primer Lara a través de la ventana (los antiguos coches cuadrados soviéticos). El tren en realidad, es moderno, pero yo le sigo sintiendo ese clásico regustillo Lara: cuadrado, grande y robusto, aunque con tecnología no muy moderna. Tampoco está tan mal. Acabo de ver la primera estación de tren rusa y comprobar que el realismo cuadrado y feo ruso fue tónica durante demasiado tiempo. Alguien puede quizás pensar que nos acostumbramos a cruzar fronteras y llegar a nuevos países, pero no es cierto. Cada vez que cruzo una nueva frontera, emoción e inquietud se mezclan a cada paso. Es grande cruzar fronteras, es poner tus pies y tu cuerpo en un nuevo lugar, con toda su historia y significación particular, es entrar en un nuevo imaginario cultural, y querer conocerlo y darle una explicación, es en definitiva todos los zapatos nuevos para el niño sociólogo que soy y yo lo miro todo como si de golosinas se tratara, y busco en las miradas sonrisas cómplices que me ofrezcan, quizás ingenuamente, esas golosinas, para saborearlas.

Ayer estábamos en Tallin. Tallin no es una ciudad extremadamente bonita. Casi podría decir que no tiene un gran encanto. Si buscamos aquí monumentos y ciudades antiguas, más vale que nos quedemos en alguna de las ciudades del resto de Europa, que quizá tuvieron más dinero y más ganas de construir algo mejor. Sin embargo, hay ciertas curiosidades y datos que he aprendido y que me resultan muy interesantes.
Estonia consiguió su independencia entre 1918-1920, tras siglos de dominación germana. En el siglo XIII el papa pensó que en estas tierras había demasiados paganos y mando la hordas germanas a cristianizar y estas sequedaron aquí hasta el siglo XVII. Es curioso de qué modo se fundó el cristianismo en Estonia, porque en la primera acta de la primera iglesia Cristiana de Estonia, que está en Tallin, se explica que dentro de la iglesia mató un montón de gente alrededor de 1290 y que así se funda la religión en el país. En fin, para crear una religión, que no es otra cosa que un gran aparato de control social, hay que matar a mucha gente, así que empezaron como tocaba. De todas formas, los Estonios se declaran en su enorme mayoría ateos, pero no ateos porque no quieran otras religiones. Ateos, porque la religión no les interesa nada.
En el mismo sentido, el sexo está muy presente en la cultura Estonia y se vive con mucha naturalidad y sin tapujos. Los estonios que encontré me dijeron todos que su país es conocido porque sus mujeres no se lo piensan mucho y se ven sexshops y centros de massage érotique por todas partes. Incluso cuando llegamos al hostal, lo habíamos reservado antes de llegar, por internet y había un salón de masaje al lado, lo que me hizo pensar que quizás tenían algo que ver. Afortunadamente, no era así. Tienen además una broma muy divertida. Dicen que cuando brindan dicen algo así como tamusex, y dicen también que en la conjugación Estonia no existe el futuro, así que a ellos les gusta mezclar una cosa y la otra para aseverar que sin sexo no hay futuro.
Como decía, Estonia consigue ser independiente en 1920, porque el dominio ruso no puede ejercerse, ya que están ocupados con su revolución. Todos sabemos que la URSS perdió muchos territorios a causa de su revolución, que recuperó en la segunda guerra mundial. Como todos sabemos también, en consecuencia del temor al avance alemán, los rusos instalaron ejércitos, tanques y artillería en las fronteras de los antiguos territorios rusos, lo que curiosamente provocó el efecto contrario al esperado, puesto que fue entonces que Alemania se sintió amenazada y atacó. Estonia será entonces parte de la URSS hasta su caída, cuando la nueva debilidad del enorme conglomerado de naciones soviéticas, permitirá a países como Estonia, entre otros, escapar de ese dominio y conseguir de nuevo la independencia. Sin embargo, la amenaza de volver a pertenecer a Rusia siempre ha estado ahí, y los estonios tienen miedo, y su miedo queda justificado en gran parte, con lo que ha sucedido en Georgia, donde estuve hace tres años. Es por eso que en el 2004, fue el último país, junto con Eslovaquia (creo) en entrar a formar parte de la unión Europea.
También he aprendido, y no lo sabía y es por eso que el país consiguió entrar en la Unión monetaria, que Estonia es la suiza del báltico, y no porque sus paisajes se parezcan a aquel país montañoso, sino porque Estonia es un paraíso fiscal en toda regla. Cualquiera puede abrir un negocio por internet en menos de dos horas, y lo peor, para los negocios extranjeros, el país no cobra tasas. Es normal entonces, que un sinfín enorme de empresas desnacionalicen sus sedes hacia aquí, lo que resuelve la cuestión sobre por qué Estonia pudo entrar en el Euro. Los precios, hay que decir, han subido enormemente con esa entrada, y Estonia tiene los peores índices de salarios y de ayudas sociales de toda la unión Europea, la riqueza está mal repartida, lo que se ha identificado con la moneda común. Es cierto que no se ven muchos mendigos por las calles, a excepción de rusos borrachos, pero según cuentan, las diferencias sociales son muy grandes.
Estonia es un país extraño, la gente es extraña. Son tan tímidos, y tienen un toque arrogante. La gente no habla mucho, ni siquiera entre ellos. Me sorprendía que ni en los restaurantes siquiera, la gente no se hablaba. Debo de confesar, que me he sentido un poco decepcionado con la ciudad y con el interés de este sitio, pero para sentir eso hay que pasar por aquí. Sin embargo, me ha gustado ver otra vez las noches blancas, que ya conocí en los países escandinavos. Se hizo de noche a las once. Me gustó también poder ir vestido de verano todo el tiempo, porque hace calor y me gustó ver la luna enorme que vi en la noche, por la proximidad con la tierra. Jamás vi una luna tan enorme.
Estoy ahora, entonces, a tres horas de San Petersburgo, mi padre se empeña en seguir llamándola Leningrado, pero en definitiva, es la ciudad de Dostoievski, la ciudad de las noches blancas, y según dicen, es la ciudad más hermosa de Rusia. Además, estoy en ese territorio que durante casi cincuenta años marcó la enorme división entre dos modos muy diferentes de ver el mundo (el comunismo y el capitalismo) y es cierto que no puedo tener más ganas de bajarme de este tren e ir a ver de qué modo sigue la aventura, y qué restos quedan de todo eso que fue y de qué modo es ahora este extenso y particular país, el más grande del mundo.

¡Hasta pronto camaradas!











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