viernes, 10 de agosto de 2012

Los caballos, los vascos y la poesía


Me levanté esta mañana a las cinco y media en Kochkor, para poder ir a Biskhek, de nuevo, la capital del Kyrguizistán, y tomar algún transporte dirección a Osh, en una supuesta muy bonita autopista, en la que me encuentro ahora, y confirmo; la autopista es una pasada. También es cierto que debo pasar en ella alrededor de doce horas que dura el camino, más las tres que ya hice esta mañana. Si miro ahora por la ventana, veo glaciares a lo lejos, mientras subimos montañas y montañas arriba. Creo que tenemos que pasar tres puertos diferentes a lo largo del camino, y además acabamos de pasar un valle muy angosto y empedrado. Pura fantasía. Pura belleza. Viendo este espectáculo y tras dormir un par de horas en esta caja de cerillas en la que me encuentro, y que por fuera parece un 4X4, me dio por escribir.
En Kochckor he pasado cuatro días con los dos belgas todavía, haciendo un treking con caballos. Es decir; cada uno cabalgaba un caballo diferente. Con los belgas, cada vez me lo paso mejor, y son tan gentiles, que muchas veces me siento superado ante tanta gentilidad y no sé muy bien como devolverlo, pero a la llegada, un par de cervezas harán la vez, espero. Ellos me pagan un montón de cosas, me hacen sentir muy integrado, y no somos dos más dos, somos tres. Lo cierto es que hay tanta comprensión, que me siento genial con ellos dos. No hemos tenido ni una sola discusión, y eso que realmente no nos conocemos.
Han sido cuatro días fantásticos. Esto de descubrir el mundo del caballo, no me lo esperaba, pero es todo nuevo y sorpresivo. Cabalgar no es sencillo, y ahora además empiezo a creer a la gente que me decía que es todo un deporte. Tras cuatro días cabalgando, debo decir que no siento agujetas pero siento los músculos muy tersos. Ayer en la noche me desperté con dolor abdominal de tanto que los he machacado, y siento mi estómago más duro que jamás. También siento las rodillas bastante reventadas, pero creo que eso es más porque mi primer caballo era en realidad el más malo, que porque realmente debieran estarlo. El problema con mi caballo es que siempre era el último, y no es por casualidad que los guías me dieron directamente el único látigo que tenían, para que lo azotara cuando no seguía el paso. Pero no había demasiado que hacer, porque ese caballo se quedaba siempre atrás y a mí me sabía mal azotarlo, así que siempre iba el último, y cuando quería recuperar distancia respecto de los otros, cuando Tornado galopaba, me destrozaba las rodillas, porque saltaba más que otros los otros caballos al hacerlo y galopar es la velocidad más dolorosa para el humano, que puede adoptar un caballo. Algo divertido es que nada más cogerlo, como era negro, Tintín me dijo que yo era el Zorro, y yo le dije que entonces mi caballo iba a llamarse Tornado. Al final, el gran Tornado acabó convirtiéndose en el viejo Tornado, o en “jodido caballo, no eres un caballo, eres un asno”. Todo con mucho humor, pero también con resignación, porque todo tenía un halo torturante con ese caballo.
Montar no es sencillo, por la parte de derroche físico, pero puede no serlo también por las condiciones meteorológicas u orográficas. Me explico. Empiezo a creer que era a propósito, pero cada vez que empezábamos a montar, comenzaba a llover, y sospecho que los dos guías lo hacían porque así se sentían más frescos, pero para nosotros era un horror. Yo llevaba arrastrando un constipado desde el anterior treking, y con Tornado, que me dejaba siempre atrás, era terrible llegar el último, empapado. De hecho, nos pasó algo bastante desagradable. No lo he dicho, pero había una chica de Singapore y un Newyorkino, los dos de origen chino, viajando juntos, que compartían treking con nosotros, porque salía más barato pagar un guía conjuntamente. El caso es que el segundo día, se puso a llover muchísimo, el día en que más, y yo, que venía de muy lejos, tuve que ser rescatado por los guías, porque mi caballo no se movía ni por inspiración divina. Es entonces que entra en juego la otra dificultad, la orográfica, de la que hablaba antes. Cuesta abajo, sobretodo cuando hay piedra o barro, el caballo se escurre y puede llegar a caer. Eso es lo que le pasó a la chica de Singapore, en una cuesta abajo, antes de llegar a la yurta donde íbamos a comer. Su caballo levantó las dos patas delanteras y calló hacia atrás. Entonces ella sufrió una especie de choc, y tuvimos que estar, cambiándole la ropa y ayudándola a recuperar el sentido durante alrededor de una hora. Todo bastante raro, pero suficiente como para empezar a quitar las ganas de montar cualquier caballo que fuera, nunca más en la vida. Ya no quería cabalgar nunca jamás, y me encontraba sólo en el segundo día, pero eso también era culpa de Tornado. Os explico esto al final.
Otro aspecto interesante del treking es que dormíamos y comíamos en yurtas, que pese a que acabé descubriendo que eran una suerte de hoteles en mitad de la nada, para turistas, proporcionaban la oportunidad de vivir como vivieron tantos y tantos nómadas en estas tierras, y de como siguen viviendo muchas de las gentes que habitan aquí, después de tantos y tantos siglos. Hay que recordar que en Kyrguizistán existen las montañas menos exploradas del planeta, las más vírgenes, y dónde hay ciertos de sus habitantes, entre las fronteras China y Kirguiza, que no están siquiera censados. Gente sin documentos. Hay que recordar también que estas yurtas son milenarias, porque se utilizaban miles de años atrás, así que dormir en una de ellas, aunque sea en forma de hotel, pues es otro de esos mitos viajeros que cumplir, y que yo ya tengo en la lista de las experiencias realizadas, que quiero que mi cuerpo sienta antes de morir.
Descubrí cosas interesantes en las yurtas. Por ejemplo, que cuando ofrecen de comer, siempre una mujer sirve el té con un samovar, dispuesta a preguntar a cada cual que termina su té, si quiere más. No sé si es casualidad, pero las chicas tenían siempre, más o menos la misma edad, unos dieciséis, y eran muy guapas. Sí, las Kyrguices pueden serlo mucho, con esos preciosos ojos rasgados, y sus figuras finas. También es cierto que comen poco, que en las comidas ofrecen poco, que casi siempre son sopas con carne, pero que ellos están acostumbrados, y no parecen necesitar más. Guillaume (Tintín), uno de los Belgas, siempre quería más comida. También descubrí que el principal material de la yurta es la piel de oveja, pero que también se utilizan tejidos de piel de caballo. Yo creo que sentía un poco de alergia entre tanto pelo flotando en el aire, y que la confundía con constipado. Además, hay que decir, que en Kyrguizistán es más bien primavera que verano, porque las flores salen ahora, y no en abril, lo cual empeoraba mi reacción alérgica. En fin, he sobrevivido.
Algo fantástico que me pasó también, entre yurta y yurta es que el tercer día cuando llegábamos a comer en una de ellas, de repente, me quedé muy sorprendido al ver una cara, y conforme me iba acercando, me iba diciendo a mi mismo que no podía ser. Entonces me acerco y me acerco y en un momento incluso grito, “¿pero eres tú?” “¿te acuerdas de mí?”. Y entonces la cara me responde por fin “claro que me acuerdo de ti”. Resulta que eran una pareja de vascos, que encontré el año pasado en Indonesia, lo cual era bastante improbable. Quiero decir; encontrarlos aquí. Las dos únicas veces que nos hemos encontrado en nuestras vidas, es aquí en medio de yurtas y en Indonesia. Increíble ¿verdad? Fue increíble poder volver a hablar de nuevo y unos nuevos abrazos sinceros... ¡Sorpresas te da la vida, ay dios! :)
Y llego al final de mi escrito y de mi historia, y os cuento, que al final me cambiaron de caballo, y tomé el caballo del guía. Que respondía, que cabalgaba, que corría, que trotaba. Que me hacía sentir en un caballo. Fue entonces que pasé de creer que el caballo es sólo un instrumento de tortura, a creer que el caballo es de una belleza más que extrema. Cabalgar es ser parte de un todo cósmico, es tan natural. Cabalgar es tocar con las pezuñas del caballo, la tierra, como si nuestros propios pies la tocaran, es olvidar la división natural de las cosas. Es comunión, es fusión de estados independientes, de ritmos divergentes, de entes diversos e imantados que por fin enlazan sus lados positivo y negativo en una indefectible lógica que parece, fantasiosamente, ya escrita. Cabalgar es mágico, y todavía lo es más si se cabalga por los preciosos prados, ríos, puertos de montañas y laderas de lagos, por los que cabalgué. Cabalgar es el total de la suma entre el humano y esa máquina natural y hermosa, poderosa, rocosa, musculada, noble y fiera, pero también vulnerable, que es un caballo. Cuando se cabalga sobre un caballo, el mundo se calla, el viento nos pertenece, cuando se cabalga sobre un caballo, se escribe el mundo, se inventa, y el resultado nos pertenece. Ya no hay caballo, ya no hay humano, hay transcendencia. Ya no hay caballo, ya no hay humano, cabalgar es poesía y el caballo y yo somos versos del mismo parágrafo. Cabalgar es poesía ¡Cabalgar es poesía!

¡Hasta los próximos versos!































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