martes, 21 de agosto de 2012

Desde el centro del mundo


Hace unos años cayó en mis manos, por casualidad, una pequeña columnita del País, el periódico, donde un chico de treinta años explicaba un viaje que había hecho en bici, entre Istambul y Pekín. Fue entonces cuando descubrí la ruta de la seda. La ruta de la seda no es en verdad una ruta con sentido total o único, no hay una carretera que lleve el nombre, y no hay solo un camino, hay un sinfín de variaciones posibles; con ciudades, con mercados, en montañas, en desiertos. La ruta de la seda guarda tantas posibilidades como granos de arena hay en el desierto. La ruta de la seda es más bien una red entre culturas, con intercambios, sobretodo económicos, pero también culturales o sociales, que una carretera o un camino, intercambios que se establecieron sobretodo entre el segundo y el treceavo siglos de nuestra era, y que unían una amplia zona que podría ir desde Turquía hasta Pekín, pasando por tantos y tantos países y culturas, durante tantos y tantos siglos. Las  ciudades de la red cambiaban según los tiempos, las tensiones políticas, geopolíticas, geográficas o sociales, y este espacio de encuentro, suponía el primero, de la humanidad en su dimensión geográfica, que es enorme, de  ideas, religiones, tecnologías y modos culturales de vida. El primero quizás, que unió oriente y occidente, si es que esa distinción existía hace siglos. No lo creo.
Me encuentro ahora mismo en Shamarkanda, que en cierto modo es el centro de esa red de encuentro. Shamarkanda es el centro, sobretodo, porque realmente está en el centro geográfico, pero no tan sólo, también es centro cultural. La ciudad ya era punto de encuentro hace siglos, de turcos, de persas, de chinos, de indios o Mongoles y digamos, también, de europeos. Shamarkanda es la encrucijada que bebe de todas esas cunas, y es el lugar al que siempre quise venir. Shamarkanda es otro de esos grandes mitos viajeros, y para mí, es el gran mito de los mitos viajeros. Salen de aquí todas mis ilusiones cuando viajo, todas mis esperanzas de encuentro. Cuando viajo, quiero encontrar misterio, pero buena acogida, quiero aprender cuestiones culturales que desconozco, no quiero ver lo mismo que veo en Europa, pero de otro modo. Europa me aburre. Cuando viajo, quiero oír otras lenguas, otros modos de sentir, no europeos, y lo grande de Asia es que aunque gran parte fue invadida por europeos, como lo fueron todos estos territorios por los rusos, como lo fue la India por los ingleses, como lo fue el antiguo Siam, por ingleses y franceses. Pese a esas invasiones europeas, la cultura y modo de sentir de estos lugares, queda intacto. O mejor dicho, cambia, pero pide otras cosas que no pide Europa, y mira el mundo con ojos completamente diferentes a como lo miraría yo: otro europeo. Es por eso que Asia me fascina y que no quiero acabármela. Asia debería ser más grande, y de no existir, habría que inventarla. El día en que haya estado en todos los países asiáticos, no sé qué voy a hacer. Asia es el centro de todo mi interés cuando viajo, y Shamarkanda es el centro geográfico, pero también cultural, de ese centro. Así que imaginad mis sensaciones estando aquí.
Llegaba ayer desde Khojand, y me iba diciendo a mi mismo, ya verás que pelea más dura con taxista y transportes, para llegar al sitio. Al final siempre consigo un buen precio, o incluso no pago, pero hay que pelear mucho. Además, hay que saber que entre fronteras casi siempre hay malos transportes, y que no sabemos jamás qué encontraremos del otro lado. Nunca sabemos cómo va a ser el transporte. Es una sorpresa, normalmente desagradable. Pues bien, esta vez no fue así, e incluso todo lo contrario, pero creo que fue gracias a mi actitud. Me explico. Tomé una pequeña furgoneta hacia un pueblo, antes de la frontera y esperaba encontrar transporte barato al llegar para la frontera, pero no fue así. Me decían precios desorbitados, así que me reí de todos y les dije adiós, me iba a hacer auto-stop. Tras cinco minutos de marcha paró un taxista, y acabé convenciéndole de que no tenía dinero, y el taxista me llevó gratis hasta la frontera, con sonrisa incluida. Pasé la frontera sin dificultades, y del otro lado, cuando me disponía a decir adiós alos taxistas de la otra parte, que ya parecían como buitres, unos militares me llamaron y me preguntaron, “hey, where are you from”. “from spain, amigo”. Y entonces empiezaron a bromear conmigo, y empiezaron las clásicas frases de que qué bueno somos en fútbol, que si Barcelona o Madrid; obviamente Barcelona. Les caí bien y acabaron consiguiéndome un autobús, con aire acondicionado, que pararon para mí, y me metieron dentro, y me pidieron pagar un precio ridículo. Ya iba camino de una parada de taxis, para tomar sólo un taxi más hacía Shamarkanda. Lo peor había pasado. Pues bien, en el autobús, el conductor y su ayudante empiezan de nuevo a preguntar de dónde soy, que a dónde voy, y otras cosas. Les caigo bien, comparten el agua conmigo, y algunas cosas para comer. Les pregunto entonces que cuánto debe costarme un taxi compartido a Shamarkanda. Ellos me dicen un precio, pero más allá de dejarme sólo, me consiguen un tipo que irá también a Shamarkanda y que va a negociar el precio por mí. Y bueno, llegamos a la parada de taxis, y por precios Uzbecos, y sin pelea, sin comerciar, estaba ya de camino a Shamarkanda. Pero la serie de anécdotas no terminan ahí. En un momento paramos, porque el conductor quiere comprar melones. Hay, en las carreteras de muchos sitios en Asia central, vendedores de melones y sandías que se ponen cerca de las carreteras. La imagen es preciosa, con esas enormes frutas, y con tantas y tantas a los lados de las carreteras. Me bajé para ver como comerciaba, y entonces las chicas que habían en este puesto empezaron a decir que se querían casar conmigo, y al final una de ellas me regaló un melón, y le dije gracias en uzbeco, y entonces se quedó todavía más encantada y me regaló también una sonrisa. Fue una anécdota muy divertida. Pero para rematar la bienvenida a Uzbequistán, resulta que cuando llegué a Shamarkanda, mi taxista me explicó que había que cambiar de taxi para llegar al centro, que ese trayecto final no lo hacen taxistas. Le dije entonces que no tenía más dinero, y como se había reído mucho conmigo, y habíamos hablado un rato y tal, me dijo, mira te llevo porque te “I love you”, literalmente. Sé que no sabe exactamente la connotación de lo que decía, pero el hombre, todo simpático, me trajo hasta la puerta de mi hotel, por nada. Sólo como favor. En fin, ¡bravo Uzbequistán, esto es una sagradísima bienvenida! Aunque tengo que decir que también fue gracias a mí. Cuando nos ponemos la cara de la buena sonrisa por la mañana y la compartimos con todo el que nos rodea, el mundo es mejor y más fácil, y podemos llegar donde queramos.
La llegada a Shamarkanda es espectacular, con esas grandes mezquitas de centro Asia, tan diferentes a las mezquitas del norte de África, o las Turcas, dominándolo todo. Es una de esas fotografías que jamás olvidaré. Esta ciudad tuvo además, siempre fama de bella. No es por nada que cuando Alejandro Magno llegó aquí, dijo que “todo lo que había oído sobre Marakanda -que es como denominan y denominaban en aquella época, los griegos, a la ciudad- es verdad, excepto que es mucho más bella de lo que jamás podría haber imaginado”. Hoy vi la ciudad, y así es, es fabulosa. Ya veréis las fotos. Lo único que no me gusta, y nada, es que el presidente ha decidido que había que poner muros entre los barrios de la gente de la ciudad y los monumentos, para que los turistas pudieran ver la ciudad, sin mezclarse con esos barrios, que no están asfaltados, que no tienen alcantarillas, donde se ve sinceramente la pobreza y quizás la auténtica Shamarkanda. Una pena, porque esa separación hace de la ciudad, aunque es una ciudad bellísima, es también una ciudad sin vida. Una ciudad donde no ves la ciudad, ves el cementerio, bello cementerio, que el presidente ha decidido mostrar.
Ayer cuando llegaba aquí, casi lloraba, estaba tan emocionado. Hacía tantos años que quería estar aquí. Hacía tantos años que soñaba con este sitio. No me siento decepcionado, me gusta mucho, con sus defectos, con sus virtudes, pero sobretodo con su pasado, que me pesa en el alma. Cada paso que doy pienso en los 7000 años de historia del lugar, en la cantidad de conquistadores y pueblos que la tomaron, en el gran centro cultural que fue, que sigue siendo. Es muy iluso, pero me sentía al llegar, con un gran peso de la historia, con una gran responsabilidad, y me sentía en cierta medida, un conquistador, me sentía tomando pacíficamente el lugar, sentía que de algún modo estar aquí es abrazar a Alejandro Magno, y dar un golpe en la espalda a Timur, el terrible, o esconderse de las hordas de Genghis Khan. Sentía que vería a Zaratustra salir de cualquier esquina, o a cualquiera de los poetas que vivió en la ciudad y me sentía el superhombre Nietzscheano; aquel que se da normas a sí mismo, que nadie le da, que es capaz de vivir su vida como solo él lo quiera, como solo él lo desee. Me sentía lleno y sentía que poner mi pie aquí era cumplir un hito en mi vida. Sentía que de algún modo mi yo pertenecía a este lugar, en conexión fundamental, y pensaba que de manera figurada, al poner mi pie en el suelo, las raíces de las plantas lo tomarían, y me darían la bienvenida y me preguntarían que por qué había tardado tantos siglos en llegar. Si la vida es sueño, estoy viviendo ahora mismo uno de mis grandes sueños, si la vida es sueño, no quisiera despertar jamás, si la vida es sueño, que las profundas respiraciones oníricas me traigan siempre aquí, de dónde soy, de este lugar que sé que es mío ¡No soy tuyo, oh Asia, no te pertenezco, somos el uno para el otro y por fin nos hemos reencontrado! Siglos de historia nos contemplan, nos aplauden, y yo quiero seguir aquí ¡Gracias hermana Asia, por darme todo lo que necesito cuando viajo! ¡Gracias hermana Asia por seguir siendo tú, durante tantos siglos!
¡Gracias Asia y gracias a vosotros por leerme!

¡Hasta la próxima batalla!






































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